Ahí estaba él, al borde del andén, contemplando los complejos cuadros que decoraban la estación. Miraba ansioso el túnel, esperando por el tren de todas las tardes. No había nadie. Ningún guardia le impedía pasar de la línea amarilla, nadie le bloqueaba el paso, sólo unas cuantas voces. Voces que decían lo que nadie más podía oír, lo que nadie más podría jamás comprender. Esas, que lo perseguían día y noche. Lo acosaban, asechaban, embestían, engañaban. Finalmente, tras el anuncio del cambio de horario, pudo ver las luces del tren acercarse. Se miró a sí mismo en el espejo del andén contrario. Sonrió. Un paso, un chirrido, era libre.
sábado 28 de junio de 2008
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